lunes 14 de septiembre de 2009

2004

domingo 18 de enero

Después de comer, he dejado atrás el murmullo de la familia, la risa de mi hija, el sueño que no he dormido, me he sumergido en la tarde como en un agua fría y me he venido al estudio a dibujar.

Recorro la avenida, y el domingo es sólo el ruido de la bolsita de plástico donde llevo unos libros que me roza de cuando en cuando el pantalón. Voy por aceras de umbría, un cielo alto de enero me ha crecido en el pecho, me cruzo con unos indios tristes y seguramente ilegales. Bajo las últimas nubes de la tarde, invernales, sinfónicas, llego al estudio y me pongo a trabajar.


jueves 12 de agosto

La barcaza lentísima del verano. Llevo todo el día dibujando a pecho abierto, trabajando en El bosque de los Sueños, y sólo ahora parece que he sacado algo de esa madera muda y oscura que es todo texto al principio.

Llevo todo el día escuchando las entrevistas y tertulias que le grabamos a Ricard Castells, a veces me pongo para trabajar esas cintas. Nos encargaron organizar unas jornadas sobre historieta y a Castells le montamos una exposición, le hicimos entrevistas, programamos unos encuentros con él y con otros autores, y mientras trabajo, a veces, voy escuchando su voz de niño sabio y un poco triste, él va contando su tema, sus espantosas relaciones con las editoriales, su forma de trabajar, de entender el tiempo, la lentitud y el amor, plantar un árbol y arrodillarse a su lado a esperar que brote el milagro o no.

De Castells, sobre todo, yo creo que aprendí a dibujar los silencios, a entender una página de historieta, una secuencia, una ilustración como una partitura donde conviene no estar armando ruido todo el rato. Se tarda en comprender que hay que enlagunar el dibujo, orquestar el color, elegir un trazo, un tono, algo, que destaque entre todo lo demás, de pronto, como un fogonazo dulce.

Trabajo y voy escuchando la cinta de Castells, y me veo con el Pedro Navarro, con el Miguel Ángel Díez y el Miguel Ángel Bejerano en el almacén de la sala de exposiciones del ayuntamiento, abriendo cuidadosamente los grandes paquetes donde venían los originales de Lope de Aguirre: la Expiación, las deslumbrantes acuarelas y texturas de aquel dibujante que nos había convocado tras su estética como un flautista. Amorosamente, preparamos todo aquel material para la exposición y luego pudimos compartir unos días, unas cenas, unas risas, unas revelaciones, unos asombros con el propio Ricard.

El Pedro, los Migueles y yo buscando codiciosamente cualquier dato sobre sus obras inéditas, todas aquellas páginas que nadie quiso publicar pero que él había dibujado igualmente, porque estaba alucinado de vivir y le bullían en la cabeza aquellos mundos de aguadas desconsoladas y niñas con sombrero, aquellos silencios, aquel vampiro desmemoriado. “Bueno, ahora parece que Camarasa y Moreno van a publicarme algunas de esas historias”. Yo creo que Castells dibujaba por la pura necesidad de dibujar y narrar, una necesidad casi biológica, y daba ya un poco lo mismo si se lo publicaban o no. Nosotros sólo teníamos los títulos de aquellas obras y algunas referencias vagas que él mismo apuntó en una especie de diario, y nos fascinaba leerlos una y otra vez, imaginando qué ilustraciones, qué historias o no-historias dormían misteriosamente detrás de Agonías y muerte del último duque de Portland, El vuelo de las aves hacia Ubu, Otoño en la península de Arp, Bodas del agua...

Ricard Castells, con sus gafas de ver el envés de las cosas, con su pelo de mago loco. “Me gusta estar en las estaciones una hora o así antes de que salga el tren, para pensar en mis cosas, para ir tranquilo”, me dijo cuando nos despedimos y lo dejé en la Renfe con mi cochecito destartalado de becario, la primavera aquella en que aprendí a dibujar.

jueves 10 de septiembre de 2009

2001

3 y 4 de septiembre

El Injuve me invita a participar en una mesa redonda en Santander, en el Palacio de la Magdalena. Subo a un avión por primera vez en mi vida, siempre he sido un hipermétrope que ha visto mucho mundo. El vuelo de Alicante a Madrid atraviesa el mediodía con una lentitud irreal. No noto nada preocupante y mi cuello sigue en su sitio cuando llego a Barajas. Me confío fatalmente. En el avión de Madrid a Santander, un avión pequeño, de hélices, llega el mareo como una noria. Aunque logro mitigarlo con las pastillas, ya todo el día ando por ahí con la cabeza flotante y el cuello de cobre.

En la mesa redonda, por la tarde, estoy con Ágreda (fino, tierno, hábil, lleva un cuaderno de bocetos que me deja fascinado, me lo va mostrando pasando las páginas con sus manos de marqués andaluz), el viejo Cuadrado (la camisa abierta y la pierna partida por la polio; me llama compa con su voz imponente), Jesús Moreno (el editor de Sinsentido) y Paco Camarasa (mi editor, De Ponent). La cosa resulta algo decepcionante. Volpini, el moderador, nos confiesa sin pudor que no tiene ni idea de cómic, que es de lo que trata la charla. Nos presenta de cualquier manera y luego da paso a una absurda audición de uno de sus programas de Radio 3: un personaje haciendo el gilipollas, vocecitas y aspavientos vocales con musiquilla simpática de fondo y contrapunto.

-A esto le añaden los oyentes unos dibujines (sic) y ya tenemos un cómic.

Impresionante. A la salida, Volpini habla con Cuadrado. Que esto no es lo que él había imaginado, que hemos sido demasiado teóricos y específicos (bueno, creo recordar que nos liamos, como de costumbre, a hablar de la crisis del tebeo, ese enfermo imaginario), que él lo que pretendía era una charla más fresca sobre mortadelos y sobre los experimentos sonoros que al parecer ha realizado en su programa, esa especie de chiste dramatizado que nos ha puesto durante la cosa. Cuadrado montó en cólera y estuvo a punto de partirle la calva con la muleta.


13 de diciembre

Con sol temprano y mucho frío, partimos hacia Madrid Pedro F. Navarro, Miguel Ángel Díez y yo. Me gusta viajar en tren por la mañana y contemplar cómo se despierta el mundo. A Madrid llegamos sobre las once. En la sede del Injuve nos encontramos con Nacho Casanova, Francisco Marchante, KB y los ojos clarísimos de Jorge Díez. Luego, en la comida, Cuadrado y Moreno nos entregan un par de ejemplares de Plagio de encantes, recién salido de la imprenta. Cuadrado está contento, emocionado tal vez. Creo que nunca lo he vuelto a ver así.

La presentación de los tebeos es por la tarde, en el salón de actos del Injuve. En la mesa estamos Jorge Díez, Jesús Cuadrado, Santiago Valenzuela y yo. Santiago hace una defensa encendida del dibujante de tebeos y anima a no rendirse jamás. Yo soy escueto y me limito a recordar a los presentes que en el 98 no teníamos dónde publicar y ahora están De Ponent, Sinsentido, Inrevés...

Karim Taylhardat hace muchas fotos, Cuadrado despliega su erudición y lee algunos poemas de Luis Alberto de Cuenca. De la exposición de originales de los ganadores de este año, me gustan unas ilustraciones de Ramón Muro esenciales, delicadísimas. Hay una chica, Laura, de piernas larguísimas y mirada francesa, o quizá de piernas francesas y mirada larguísima, guionista. Tengo un instante de quedarme fuera de la realidad cuando miro mi libro El camino del titiritero allí, sobre la mesa donde lo hemos presentado. De repente, nada tiene sentido.