Después de comer, he dejado atrás el murmullo de la familia, la risa de mi hija, el sueño que no he dormido, me he sumergido en la tarde como en un agua fría y me he venido al estudio a dibujar.
Recorro la avenida, y el domingo es sólo el ruido de la bolsita de plástico donde llevo unos libros que me roza de cuando en cuando el pantalón. Voy por aceras de umbría, un cielo alto de enero me ha crecido en el pecho, me cruzo con unos indios tristes y seguramente ilegales. Bajo las últimas nubes de la tarde, invernales, sinfónicas, llego al estudio y me pongo a trabajar.
Recorro la avenida, y el domingo es sólo el ruido de la bolsita de plástico donde llevo unos libros que me roza de cuando en cuando el pantalón. Voy por aceras de umbría, un cielo alto de enero me ha crecido en el pecho, me cruzo con unos indios tristes y seguramente ilegales. Bajo las últimas nubes de la tarde, invernales, sinfónicas, llego al estudio y me pongo a trabajar.
jueves 12 de agosto
La barcaza lentísima del verano. Llevo todo el día dibujando a pecho abierto, trabajando en El bosque de los Sueños, y sólo ahora parece que he sacado algo de esa madera muda y oscura que es todo texto al principio.
Llevo todo el día escuchando las entrevistas y tertulias que le grabamos a Ricard Castells, a veces me pongo para trabajar esas cintas. Nos encargaron organizar unas jornadas sobre historieta y a Castells le montamos una exposición, le hicimos entrevistas, programamos unos encuentros con él y con otros autores, y mientras trabajo, a veces, voy escuchando su voz de niño sabio y un poco triste, él va contando su tema, sus espantosas relaciones con las editoriales, su forma de trabajar, de entender el tiempo, la lentitud y el amor, plantar un árbol y arrodillarse a su lado a esperar que brote el milagro o no.
De Castells, sobre todo, yo creo que aprendí a dibujar los silencios, a entender una página de historieta, una secuencia, una ilustración como una partitura donde conviene no estar armando ruido todo el rato. Se tarda en comprender que hay que enlagunar el dibujo, orquestar el color, elegir un trazo, un tono, algo, que destaque entre todo lo demás, de pronto, como un fogonazo dulce.
Trabajo y voy escuchando la cinta de Castells, y me veo con el Pedro Navarro, con el Miguel Ángel Díez y el Miguel Ángel Bejerano en el almacén de la sala de exposiciones del ayuntamiento, abriendo cuidadosamente los grandes paquetes donde venían los originales de Lope de Aguirre: la Expiación, las deslumbrantes acuarelas y texturas de aquel dibujante que nos había convocado tras su estética como un flautista. Amorosamente, preparamos todo aquel material para la exposición y luego pudimos compartir unos días, unas cenas, unas risas, unas revelaciones, unos asombros con el propio Ricard.
El Pedro, los Migueles y yo buscando codiciosamente cualquier dato sobre sus obras inéditas, todas aquellas páginas que nadie quiso publicar pero que él había dibujado igualmente, porque estaba alucinado de vivir y le bullían en la cabeza aquellos mundos de aguadas desconsoladas y niñas con sombrero, aquellos silencios, aquel vampiro desmemoriado. “Bueno, ahora parece que Camarasa y Moreno van a publicarme algunas de esas historias”. Yo creo que Castells dibujaba por la pura necesidad de dibujar y narrar, una necesidad casi biológica, y daba ya un poco lo mismo si se lo publicaban o no. Nosotros sólo teníamos los títulos de aquellas obras y algunas referencias vagas que él mismo apuntó en una especie de diario, y nos fascinaba leerlos una y otra vez, imaginando qué ilustraciones, qué historias o no-historias dormían misteriosamente detrás de Agonías y muerte del último duque de Portland, El vuelo de las aves hacia Ubu, Otoño en la península de Arp, Bodas del agua...
Ricard Castells, con sus gafas de ver el envés de las cosas, con su pelo de mago loco. “Me gusta estar en las estaciones una hora o así antes de que salga el tren, para pensar en mis cosas, para ir tranquilo”, me dijo cuando nos despedimos y lo dejé en la Renfe con mi cochecito destartalado de becario, la primavera aquella en que aprendí a dibujar.
Llevo todo el día escuchando las entrevistas y tertulias que le grabamos a Ricard Castells, a veces me pongo para trabajar esas cintas. Nos encargaron organizar unas jornadas sobre historieta y a Castells le montamos una exposición, le hicimos entrevistas, programamos unos encuentros con él y con otros autores, y mientras trabajo, a veces, voy escuchando su voz de niño sabio y un poco triste, él va contando su tema, sus espantosas relaciones con las editoriales, su forma de trabajar, de entender el tiempo, la lentitud y el amor, plantar un árbol y arrodillarse a su lado a esperar que brote el milagro o no.
De Castells, sobre todo, yo creo que aprendí a dibujar los silencios, a entender una página de historieta, una secuencia, una ilustración como una partitura donde conviene no estar armando ruido todo el rato. Se tarda en comprender que hay que enlagunar el dibujo, orquestar el color, elegir un trazo, un tono, algo, que destaque entre todo lo demás, de pronto, como un fogonazo dulce.
Trabajo y voy escuchando la cinta de Castells, y me veo con el Pedro Navarro, con el Miguel Ángel Díez y el Miguel Ángel Bejerano en el almacén de la sala de exposiciones del ayuntamiento, abriendo cuidadosamente los grandes paquetes donde venían los originales de Lope de Aguirre: la Expiación, las deslumbrantes acuarelas y texturas de aquel dibujante que nos había convocado tras su estética como un flautista. Amorosamente, preparamos todo aquel material para la exposición y luego pudimos compartir unos días, unas cenas, unas risas, unas revelaciones, unos asombros con el propio Ricard.
El Pedro, los Migueles y yo buscando codiciosamente cualquier dato sobre sus obras inéditas, todas aquellas páginas que nadie quiso publicar pero que él había dibujado igualmente, porque estaba alucinado de vivir y le bullían en la cabeza aquellos mundos de aguadas desconsoladas y niñas con sombrero, aquellos silencios, aquel vampiro desmemoriado. “Bueno, ahora parece que Camarasa y Moreno van a publicarme algunas de esas historias”. Yo creo que Castells dibujaba por la pura necesidad de dibujar y narrar, una necesidad casi biológica, y daba ya un poco lo mismo si se lo publicaban o no. Nosotros sólo teníamos los títulos de aquellas obras y algunas referencias vagas que él mismo apuntó en una especie de diario, y nos fascinaba leerlos una y otra vez, imaginando qué ilustraciones, qué historias o no-historias dormían misteriosamente detrás de Agonías y muerte del último duque de Portland, El vuelo de las aves hacia Ubu, Otoño en la península de Arp, Bodas del agua...
Ricard Castells, con sus gafas de ver el envés de las cosas, con su pelo de mago loco. “Me gusta estar en las estaciones una hora o así antes de que salga el tren, para pensar en mis cosas, para ir tranquilo”, me dijo cuando nos despedimos y lo dejé en la Renfe con mi cochecito destartalado de becario, la primavera aquella en que aprendí a dibujar.